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miércoles, 22 de marzo de 2017

llamar a elecciones, única salida legal para terminar con tanta miseria, violencia y crimen en Venezuela cuyo presidente se empecina en no escuchar a los organismos internacionales que piden un retorno a la Institucionalidad.

La situación política y social de Venezuela no puede ser peor. Quien todavía esté convencido de que el régimen de Nicolás Maduro es una democracia, simplemente está tratando de esconder una realidad lacerante que conmueve al mundo. Es tal la desesperación de los grupos que sufren la persecución que algunos claman por un pronunciamiento del papa Francisco, quien hizo lo suyo para aportar al diálogo y ahora tal vez espera que los mecanismos legales y de poder comiencen a actuar como corresponde.

En el plano social el panorama es desolador. Los medios internacionales hacen reportes que muestran una situación de guerra, de hambre y escasez que solo sería admisible en alguna nación de la África Subsahariana y no en el país que es dueño de las reservas más grandes de petróleo y que hasta hace unos años intentaba montar un nuevo imperio en América Latina. La noticia del asesinato de dos militares a manos de un grupo de niños de la calle que los atacaron con salvajismo es la mejor expresión de lo que está ocurriendo en una Venezuela que va camino al caos y la crisis humanitaria.

La paciencia parece haber llegado al límite en los organismos internacionales que aplican una presión creciente para obligar al gobierno de Maduro a dejar la represión, abandonar las políticas abusivas y corruptas del chavismo y llamar a elecciones en la búsqueda de una salida pacífica al conflicto. La Organización de Estados Americanos no ha podido ser más clara cuando ha pedido la aplicación inmediata de la Carta Democrática que demanda proscribir al gobierno venezolano, someterlo a una serie de bloqueos y torniquetes con el objetivo de obligarlo a ceder y devolver las garantías constitucionales.

La reacción de Nicolás Maduro ha sido virulenta y ha actuado casi de la misma forma que les ha respondido a todos quienes han buscado la manera de tender puentes para evitar la confrontación. El Chavismo se ha peleado con España, con Argentina, entre otros, llevando al país a un aislamiento que perjudica especialmente al pueblo que sufre hambre y que muere todos los días por falta de medicamentos esenciales que ya no hay en las farmacias y supermercados.

El último en manifestar preocupación por Venezuela ha sido el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha mencionado el caso en varias ocasiones. Recientemente dijo que estuvo hablando sobre el tema con su colega chilena Michelle Bachelet y, como para que quede claro que la Casa Blanca tiene los ojos puestos en Caracas, un alto dirigente del partido republicano dijo que ningún país debería temerle al nuevo mandatario norteamericano, excepto Venezuela. Todo indica que, antes de evitar cualquier entredicho que complique las cosas, el magnate neoyorquino está buscando cómo “rodear el toro”. Tal vez en ese mismo contexto se pueda entender la reciente visita a Bolivia de un alto funcionario de Estado de Washington. Lo hace cuando en nuestro país parece recrudecer la persecución política.

La paciencia parece haber llegado al límite en los organismos internacionales que aplican una presión creciente para obligar al gobierno de Maduro a dejar la represión, abandonar las políticas abusivas y corruptas del chavismo y llamar a elecciones en la búsqueda de una salida pacífica al conflicto.

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