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miércoles, 17 de abril de 2013

El Dia editorializa sobre "El amor a los caudillos" y compara situaciones en Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Argentina donde todo indica que hay "un amor" que no puede sostenerse por más tiempo.


Nadie puede negar que Nicolás Maduro hizo todo lo posible y hasta lo imposible para ganar ampliamente las elecciones en Venezuela, como debía suceder tras la muerte del expresidente Hugo Chávez, quien había dado la orden a su pueblo de votar por él.

Maduro hizo hasta de payaso, realizó invocaciones al más allá y nombraba a Chávez a cada minuto, tratando de ser el muñeco de un espíritu convertido en ventrílocuo. Nadie lo hubiera hecho mejor que él en la brevísima campaña electoral que acabó con casi un millón de votos del chavismo y que ha desencadenado una ola de pánico en el esquema bolivariano, desde Managua hasta La Paz, pasando por La Habana.

Si los jefes de campaña, los mismos que consiguieron la holgada victoria de Chávez sobre Capriles hace seis meses, le hubieran dicho a Maduro que se pare de cabeza, éste lo hubiera hecho y por más que ahora digan que van a buscar hasta debajo de las piedras las razones de una caída tan fuerte, llegarán a una sola conclusión: Maduro no es Chávez y jamás conseguirá acercársele. Es más, si la campaña hubiera tomado una o dos semanas más, el candidato opositor hubiera ganado con una holgura suficiente que hubiera impedido la intercesión del fraude, como parece haber ocurrido el domingo en Venezuela.

En las sociedades incipientes como la venezolana o la boliviana, la gente ama a los caudillos y no cabe duda que Maduro está muy lejos de llegar a ser uno de ellos. Lo más probable es que se haya dado cuenta que Henrique Capriles se asemeja más al perfil que la población está buscando para cambiar su amor por Chávez. Es lo que sucedió en Bolivia con Belzu y Melgarejo o con Víctor Paz y Barrientos. La gente busca a quién aferrarse y no hay amor o lealtad que valga, cuando surge la figura capaz de asegurar la supervivencia de un esquema de poder anquilosado en nuestra cultura.

Suponiendo que Hugo Chávez lo hizo muy bien y que toda su obra la edificó con la mejor buena fe, lamentablemente su legado pende de un hilo y lo peor de todo es que éste podría transformarse en un nuevo periodo de inestabilidad política que se transformará en pérdida de recursos, más pobreza y seguramente muerte y desagregación social, la misma herencia que nos han dejado casi dos siglos de intentos por conseguir formar los estados en América Latina.

Los caudillos son capaces de cualquier cosa por quedarse en el poder y un remedo de cacique como lo es Maduro, resulta más peligroso todavía. Un día después de su posesión, acto que se hizo en tiempo récord para impedir que prosperen las protestas por fraude, ha denunciado que la extrema derecha prepara un golpe de Estado en Venezuela. Este fenómeno nos recuerda con mucha claridad lo ocurrido en Perú cuando se produjo el deterioro del caudillismo fujimorista que derivó en un autogolpe y en un periodo de violencia que ojalá no se produzca en Venezuela.

Desafortunadamente nuestros países todavía están muy lejos de tener líderes que se convenzan de que el mejor legado que se le puede entregar a la ciudadanía es el fortalecimiento de la democracia, la descentralización, la cohesión social en torno a valores como la justicia y el respeto a las leyes y por supuesto, la construcción de la institucionalidad. Sin esas herencias la construcción de estados en el continente seguirá siendo una quimera.
En las sociedades incipientes como la venezolana o la boliviana, la gente ama a los caudillos y no cabe duda que Maduro está muy lejos de llegar a ser uno de ellos. Lo más probable es que se haya dado cuenta que Henrique Capriles se asemeja más al perfil que la población está buscando para cambiar su amor por Chávez.

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