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lunes, 2 de febrero de 2009

el indigenismo aymara, la ceguera política, el resentimiento de guerrilleros jubilados y cocaleros son causa del evismo en decadencia. Juan Bol.

Ya se ha llegado al extremo de la torpeza, del abuso, de la violencia cerril, del atropello a las leyes, del fraude, de la corrupción generalizada y de la estulticia, y confieso que no tengo la menor idea de cuál puede ser una razonable salida para la penosa situación en que está Bolivia. Nunca un gobierno comprometió tanto la integridad de la Nación.
Comienzo a poner en duda eso de la “Bolivia eterna”. Y que no me vengan con pamplinas de que estoy desquiciado o que soy un agorero del mal, porque sabemos que los nuevos defensores de la patria, los que ahora se muestran como los adalides del cambio y de la unidad nacional, son los mismos que antes proclamaban el inminente gobierno mundial, el de la “gran patria socialista” encaminada al comunismo, haciendo desaparecer las identidades nacionales.
Cuando los zurdos del mundo procuraban, con toda fuerza, expandir el imperio soviético, no existía el Movimiento al Socialismo. Éste nació, justo antes de la caída del Muro de Berlín, sobre la base de los cocaleros del Chapare, muy fácilmente capturados por un nuevo y disparatado proyecto de izquierda, que desembocó en el “socialismo del siglo XXI”, inventado para el desenfrenado sátrapa de Caracas por Heinz Dieterich Steffan, y muy difundido desde el 30 de enero de 2005.
En Bolivia, el modelo populista aparentemente está dirigido por indígenas redimidos, por exponentes de la clase media empobrecida, por trabajadores “explotados” y por “pensadores” bolivianos blancoides y mestizos (Quintana, Llorente, Rada, San Miguel, Yaksic, Peredo, Villegas y hasta el ahora caído Santos Ramírez). No hay tal. Hay una variopinta colección de agitadores extranjeros dominantes y con gran poder, enviados por Chávez y Castro. Hay, también, aventureros europeos que proclaman políticas tan entupidas que no se atreven a proponerlas en sus propios países. Son los que “asesoran” en política exterior (está claro que el pintoresco canciller Choquehuanca, con consejos o sin ellos, sigue metiendo la pata) y los del extremismo español –asesores para mal redactar la nueva constitución- junto al apoyo del inefable y elemental Rodríguez Zapatero, cautivado desde el inicio por la “chompa” a rayas de Evo Morales. Finalmente, están los escribas desbocados jugando a la revolución fuera de su país, como un Stefanoni –insultativo él- y el “genio” Chávez peruano “refugiado” en Bolivia
Pero la cuestión es más seria, ¿a dónde apunta realmente este curioso experimento en Bolivia? Ciertamente hay un designio perverso, como resultado del odio irracional y obsesivo a los Estados Unidos, que une a Fidel Castro y Hugo Chávez y, por tanto, a cualquier cosa que huela a capitalismo. Es cierto que, para que esto haya llegado a este punto, se dieron también las condiciones creadas por los gobiernos tradicionales –“insensibles e satisfechos”, parafraseando al desaparecido líder sindical boliviano Juan Lechín- que no supieron resolver los problemas de la exclusión y estuvieron lejos de labrar un nuevo futuro con libertad.
Por otra parte, Fidel Castro, ya en el ocaso de la vida de su anciana dictadura marxista –no me vengan con la tontería izquierdista de que ésta no es una dictadura, porque el gobierno de La Habana se organiza de abajo hacia arriba, según la cháchara de los stalinistas de los años sesenta- vio la tabla salvadora de los petrodólares venezolanos, malgastados por un insano presidente: el mesiánico, ignaro, inmoral, soberbio y desquiciado Hugo Chávez Frías.
En Bolivia ya habían aparecido dos fenómenos: uno producto del otro. Prosperó el narcotráfico, especialmente de cocaína que se obtiene de la planta de coca cultivada principalmente en las faldas de Los Andes bolivianos y peruanos, erigiendo el poderoso imperio de los “cartels”. Los “narcos”, siguiendo su patrón de conducta, incitaron a que se establezca en el país un gobierno dócil, y pusieron como líder al ambicioso dirigente de los cocaleros (los que cultivan la coca) que rápidamente, bajo el amparo económico y organizativo de la mafia narcotraficante, creó una alternativa política, basada en tres elementos (después se uniría al “socialismo del siglo XXI” de Hugo Chávez):
1. Un larvario y emocional indigenismo, predominantemente aymara, con esencia en un furioso racismo que movía a las masas, especialmente a los campesinos del Occidente del país.
2. Los errores y ceguera de la clase política, y
3. El aliento recibido para compartir el resentimiento de las izquierdistas, de los chavistas, de los guerrilleros activos y jubilados, con el también resentido dirigente cocalero del Chapare, con los Estados Unidos: Evo Morales, éste por la cooperación del gobierno norteamericano en la lucha contra el tráfico ilegal de drogas, específicamente en la limitación del cultivo de la coca en su feudo: el Chapare.
Hay más: han aparecido demasiados indicios de que las FARC están vinculadas con el narcotráfico y que, por su parte, Chávez las apoya. Estos –se denuncia con temor- han destacado a sus terroristas al Chapare en Bolivia. No serían los únicos que conforman una verdadera brigada internacional; los hay de todas las especies de extremistas: cubanos, brasileños de la línea desaforada de Marco Aurelio García, argentinos –piqueteros y barras bravas- alentados por la tan aporreada señora Kirchner, etarras, senderistas, etc. (primera parte de dos)

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