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miércoles, 11 de marzo de 2009

impedir el surgimiento de una opción capaz objetivo de los ataques a Victor Hugo, deduce Los Tiempos en nota editorial profunda

Una de las principales características de los procesos políticos serios y profundos —y el que se está desarrollando en nuestro país es uno de ellos, aunque muchos de los principales aspirantes a candidatos de la oposición se esmeren en banalizarlo— consiste en que van plantando hitos a lo largo del camino que conduce a su consumación. En el caso boliviano, muchos de los más importantes fueron impuestos por el gobierno con la colaboración de la oposición parlamentaria al darle al nuevo régimen la apariencia de legalidad. Lo ocurrido en Pando el 11 de septiembre fue otro hito pues selló una derrota de la otra ala de la oposición, la cívico-regional y abrió el cauce a una serie de acciones represivas. Derrotadas la oposición parlamentaria y la cívico-regional, a los estrategas del oficialismo les quedó claro que el próximo paso tenía que ser impedir el surgimiento de una opción política capaz de hacerle frente con alguna posibilidad de éxito en las próximas elecciones. Y como era previsible, hacia ese objetivo se dirigió el grueso de su artillería. Víctor Hugo Cárdenas, por haber sido el único líder que tuvo el valor necesario para encabezar la campaña en contra de la aprobación del proyecto de Constitución propuesto por el MAS, mientras los demás guardaban un elocuente silencio, fue identificado como el “enemigo principal”. Pocos días después del referéndum del 25 de enero se decidió darle un escarmiento y un mes después, de las amenazas se pasó a los hechos. Lo que era difícil prever, porque a pesar de todas las evidencias todavía cuesta aceptar la magnitud de lo que está ocurriendo en Bolivia, era que la brutalidad con que actúan los brazos operativos del régimen llegue al extremo de dirigir su furia contra la esposa e hijos del principal de sus rivales. Ni las peores dictaduras militares se atrevieron a tanto. Lo que ocurrió en Omasuyos el pasado fin de semana, como muchos otros actos escenificados en Achacachi y sus alrededores durante los últimos años, es pues algo que ya no puede mirarse con desdén. Es la manifestación de algo que, aunque esté recién en su etapa embrionaria, anticipa la bestialidad que por no haber sido detenida a tiempo dio lugar a catástrofes políticas como la de Camboya en los años 70, Ruanda en los 90 ó, más recientemente, Darfur en Sudán. Esa y no otra es la dimensión del “nuevo Estado” que cuya vigencia está ensayándose en el altiplano paceño. El acto perpetrado contra la vivienda de Cárdenas y su familia es todo un manifiesto que con hechos, y ya no sólo con palabras, anuncia el tipo de régimen que tienen en su mente los ideólogos de la “revolución democrática y cultural”. Y si hay simpatizantes del MAS que no comparten esa visión, es ahora cuándo deben hacerlo saber.

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